Traumas y secuelas de traumatismos

En caso de traumatismos (latigazo cervical, esguinces, fracturas, lesiones musculares, ruptura de ligamentos, traumas deportivos, etc.) a menudo la persona no consigue una plena recuperación funcional y sufre de secuelas, a pesar de que el proceso terapéutico se haya cumplido según los protocolos.

En la gran mayoría de los casos esto es debido a dos problemas, que se suelen “descuidar” a pesar de la importancia que luego tienen en dificultar la recuperación funcional de la persona.

Nuestros tratamientos suelen resultar muy útiles en todos los casos de traumatismos y secuelas, porque permiten:

  • complementar el resultado de exámenes diagnósticos como radiografías, resonancias magnéticas, etc., explorando el cuerpo con herramientas de tipo somático–manual (test musculares kinesiológicos, T.E.S. somatológico, palpación y “escucha manual” de los tejidos y del ritmo cráneo–sacro, etc.), para llegar así a una evaluación completa de la situación física de la persona;
  • explorar los aspectos psico–emotivos implicados y evaluar los efectos somáticos de estos aspectos;
  • definir por consecuencia los tratamientos más adecuados a cada persona y cada situación somática específica, para:

    • ayudar y estimular los mecanismos naturales de auto–curación del cuerpo, orientando su acción en la dirección de un requilibrio muscular;
    • "limpiar" las memorias somáticas del trauma;
    • reintegrar las partes del cuerpo que por efecto del trauma se han quedado "cortadas", excluidas de los esquemas mentales de auto-representación de la persona.

Los dos "descuidos" terapéuticos más frecuentes:

El primer problema es el esquema postural–motorio compensatorio que el Sistema Músculo–Esquelético asume: es un esquema adaptivo cuya función primaria es proteger la parte del cuerpo lesionada y desde este punto de vista es un recurso importante. Sin embargo esta compensación tiene al mismo tiempo también el efecto de “difundir” en el cuerpo (en el Sistema Músculo–Esquelético mismo y en consecuencia en los demás sistemas corporales) el desequilibrio representado por el traumatismo, produciendo una serie de desequilibrios consecuentes. Así se habrán unos músculos muy solicitados y otros para nada, de modo que unos músculos se acostumbrarán a ser hiperactivos, convirtiéndose en hipertónicos, y otros que se convertirán en hipoactivos (y por lo tanto hipotónicos), con consecuentes desalineaciones y torsiones progresivas del esqueleto.

O sea se establecerán en el cuerpo unas condiciones opuestas a las que permiten su funcionamiento correcto y equilibrado, y por consecuencia un estado de salud.

Todo esto podría no representar un problema, si al recuperarse del traumatismo, ese esquema compensatorio “se borrara” automáticamente y en su lugar se estableciera naturalmente un esquema postural–motorio correcto, pero lamentablemente no es esto lo que ocurre.

El nuevo esquema que se establece “engloba” la funcionalidad recobrada de la parte lesionada, pero también las costumbres hiper e hipotónicas adquiridas por los músculos durante el periodo de recuperación, así que el resultado final es un esquema postural–motorio que sí es nuevo, pero que también contiene unos desequilibrios funcionales.

 

El segundo problema es que en la mayoría de los casos, en el cuerpo se fija una “memoria somática del trauma”, así que cuando la persona vuelve a encontrarse en una situación parecida a la situación en la que se ha producido el trauma (por ejemplo, cuando vuelve a conducir el coche) se reactiva la reacción que el cuerpo tuvo en ocasión del trauma, en términos de tensiones musculares, producción de adrenalina, etc. Esta reacción somática en ausencia de un estimulo ambiental real, por supuesto interfiere con el normal funcionamiento del cuerpo y puede ser causa también de secuelas.

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